Hoy quiero soltar amarras desde el puerto seguro del presente para navegar hacia las aguas revueltas de mi pasado. Aprovechar el viento que refresca en estos meses de barbecho y poner proa a mi adolescencia.
Quiero marear las velas y surcar océanos de tiempo hasta arribar al antiguo club de mar de Almería, atracar contra el viejo pantalán y que me tome la amarra mi yo del pasado. Un zagal paliducho y canijo, al que llaman “iluso”, que deambula sin norte, con la mirada perdida entre veleros y sueños de juventud entonces inalcanzables. Divaga al ritmo de las drizas que castigan los mástiles con un incesante cimbrear, sumido en una marea de ilusión, pero ahogado por la incomprensión que le rodea.
Quiero decirle a ese Quijote hiperactivo y asmático, que llegará un día en el que armará un pequeño gran barco de vela, de nombre El Iluso, con el que encontrará el tesoro del Alquimista, a lo largo de una dura travesía de crecimiento personal que le conducirá a dar el golpe de timón definitivo a su vida.
Quiero armarle de paciencia y advertirle que antes de hacerse a la mar, la travesía en tierra estará plagada de molinos y gigantes, pero que estos lances le ayudarán a tamizar esa energía que rebosa y ponerla a son de mar.
Quiero advertirle que los sueños no flotan para siempre y el peso de los años los va lastrando, milla a milla, ola a ola, hasta que se hunden y desaparecen.
Quiero empujarle a perseguir sus ilusiones, a levar anclas, a navegar contra corriente, a encajar los rociones de la desaprobación social, a hendir la marejada de la incomprensión, a orzar cuando otros arriban, a cazar cuando todos amollan, a navegar de bolina y ganar barlovento en una interminable ceñida a rabiar para capear el temporal de proa que el resto del mundo está corriendo de popa.
Quiero explicarle que cada vez que la escora le haga caer, volverá a adrizarse. Que cada tempestad librada, le hará más fuerte. Que cada golpe de mar encajado, le hará más humano.
Quiero ayudarle, ponerme a la caña de su barco adolescente a la deriva, gobernar su timón con mano firme, largar las velas y cubrir todos los cuartos de guardia hasta arribar a puerto seguro.
Pero no puedo. Porque únicamente navegando en solitario encontrará la ruta que le lleve a la tierra firme de este presente. Para un día de otoño poder echar la vista a popa y desear volver a surcar las aguas de su pasado.

por Jose Charteralia







